Reloj de fuego

El Pichincha se me ha revelado a su modo, pero siento la necesidad de acariciar con mis propios ojos el fuego subterráneo. Con la intención de visitar el Tunguraha tomo un bus a la ciudad de Ambato, desde donde planeo tomar otro hasta Baños. Pero en el camino me entero de que este último no parece ser el lugar ideal para avistar el volcán. Un grupo de conductores de bus con quienes he trabado conversación me indica que lo mejor será bajar en Huambaló y desviarme hacia Pelileo. El trasporte me dejará en las afueras del caserío y de ahí en adelante tendré que caminar.

Doy una mirada al sencillo mapa geológico de la región que he imprimido en Quito y compruebo que, según esas indicaciones, me acercaría al volcán por el noroeste, a una altura cercana a los 3.000 metros, y, con suerte, podía ver su cima levantando la vista hasta los 5.000. Adopto pues la sugerencia, con la incomodidad de tener que hacer una larga escala en el pueblo intermedio.

A Huambaló, sin embargo, no tardamos mucho en llegar. El pueblo se ve más grande de lo que he imaginado. De modo que al bajar del bus y ver el movimiento general, no me desagrada la idea de tener que esperar. ¿Acaso tengo miedo al tiempo muerto?

Decido caminar hasta la plaza del pueblo, me siento y pido un café hecho a la manera que allí llaman “pasado”, que no es otra cosa que un café corriente, no instantáneo. Según la cantidad de gente en la calle, debe ser día de mercado. Mujeres en su mayoría, venden tejidos, mantas e hilos de lana cruda. Los niños pequeños permanecen arropados a sus espaldas por medio de un trapo largo, asegurado al cuerpo, que les deja las manos libres. Más allá está el mercado de hortalizas y otros productos del campo. Un hombre de mirada más bien lánguida, de pie junto a un becerro, espera ofertas. Ignoro si vende de esa manera por ser la costumbre de la región o por simple timidez.

Pido un segundo café.

Mientras me sirven, mis ojos se van tras el cielo movedizo, donde nubes caprichosas, indecisas, se acercan unas a otras para luego separarse al menor descontento. No puedo liberarme del pronóstico del tiempo, pienso que si no es ahora, no podré ver ningún volcán en erupción. Sin embargo, nada de eso depende de mí.

A veces, un interesado se acerca al hombre que ofrece el becerro. Por los gestos de la conversación, uno podría decir que sostienen un calmado regateo. No solo se le acercan hombres, también lo hace mujeres. Estas son más enfáticas en sus pedidos, pero el hombre conserva la misma serenidad exterior. Tal vez, por dentro, sentirá indignación ante un precio demasiado bajo o ante un careo incómodo por parte de un comprador. O tal vez se trate de un hombre experimentado, un tipo mañoso al que ya muchos conocen sus trucos y su terquedad antes de bajar hasta un precio razonable.

No tengo tiempo de comprobarlo, ya es hora de partir.

Ocupo un asiento con ventana en un bus de sillas rojas que conforme va haciendo su recorrido recoge más y más pasajeros. Después, ya nadie le pone la mano y seguimos de largo, zarandeándonos por la carretera sin pavimentar, al ritmo las viejas baladas de los 80´s. Mientras disfruto del paisaje de colinas cultivadas, me pregunto si el Tungurahua será más generoso conmigo que el Pichincha, pero un cielo nublado de un extremo a otro se niega a darme esperanzas.

Sin embargo, durante el trayecto, de un momento a otro y sin ambages, el Tungurahua aparece nítido en el horizonte. Las nubes no han desaparecido, simplemente flotan a una gran altura sin llegar a morder el volcán. Una dicha infantil se apodera de mí. Me agito en el asiento y lanzo exclamaciones que pretenden llamar la atención de los otros pasajeros. Ellos, en su mayoría campesinos, me miran enternecidos, celebrando mi bulliciosa y sincera algazara.

Saco la cámara de fotos y comienzo a disparar como si estuviera poseído, convencido de que la lógica mezquina del universo hará desaparecer el volcán de mi vista en cualquier momento.

¡Ahí está! ¡Rápido! ¿Si estás viendo?, me digo yo mismo, como si participara de una cacería en la que justo hubiera asomado la presa y estuviera a punto de escabullirse.

Pero el volcán sigue allí, estático. Su enorme forma cónica despunta entre las otras montañas de la cordillera. Mi agitación contrasta con su serenidad, aunque armoniza con la convulsión que debe estar ocurriendo en su interior. Un inconfundible penacho de ceniza de color blanco —y como sucio de tierra—, se desprende de su vértice y asciende por los cielos hasta fundirse con el espeso manto de nubes que flota más arriba. Dicha ceniza, sin embargo, no parece estar siendo expulsada, sino tranquilamente exhalada. El interior de la tierra fuma para mí en lo alto de la cordillera. El paisaje gaseoso, atmosférico, no se corresponde con lo que ocurre bajo la superficie, en sus cámaras magmáticas.

Abrumado por aquella gran muestra de poder, voy cayendo en una muda admiración. Aunque ya no tomo fotografías de manera frenética, estoy atrapado en el argumento de que cada nueva imagen es, por cercanía, mejor que la anterior. Guardo la cámara con el fin de liberarme de esa presión y poder ver el paisaje sin tanta preocupación, pero no lo logro. El gozo proveniente del volcán se me escurre como arena ente los dedos sin que los sentidos puedan retenerlo. Ansío únicamente ser ojos y permanecer en el seno de la contemplación, pero mi mente agrega una nota de color sobre la imagen, y luego otra, y así me voy separando de ella inevitablemente. Minutos, incluso segundos después, me hallo pensando en una cosa completamente distinta, molesto conmigo mismo y culpando a mis pobres sentidos.

Por fortuna, llegamos abruptamente al final del recorrido. Bajo del bus y comienzo a caminar por una carretera —casi un camino—, de tierra negra y blanda, que asciende de manera tendida en dirección al volcán siempre visible.

El terreno es suavemente ondulado y está sembrado de hortalizas en pequeñas parcelas. El color verde de las plantas tiene tal intensidad, que su contraste con el negro de la tierra proporciona una idea inequívoca de fertilidad. Algunos de los campesinos que siembran cerca del camino responden con amabilidad a mi saludo. Los linderos de sus pequeñas parcelas, muchos de ellos levantados con piedras apiladas, hacen valer la tradición. Todo esto parece ser aun más real gracias a la tutela constante de la montaña erguida y despejada, coronada por su chimenea espesa.

Sin embargo, conforme avanzo, en vez de reavivar mi ánimo, el volcán me va agobiando con su ubicuidad. Casi diría que me molesta levantar la cabeza y verlo ahí una y otra vez, exigiéndome no sé exactamente qué. Tal como me ha ocurrido en el bus, el clímax de la belleza natural se niega a permanecer intacto ante mis sentidos. Me siento entonces, aunque no molesto, sí decepcionado de mí mismo.

Camino un buen trayecto cabizbajo. Quizá, el volcán es un cuadro en exceso portentoso para el hombre; un hecho superior a la sensibilidad ante el cual el espíritu se siente inevitablemente sobrecogido, de modo que al mirarlo fija y empecinadamente se tenga la molesta sensación de que la imagen comienza a decaer. Sin embargo, se trata de una decadencia que no proviene del volcán sino de uno mismo, pues el ojo renuncia voluntariamente a seguir en busca de una perfección que ya se le ha revelado.

El volcán es símbolo de cambio violento. Pienso en la manera en que se producen los cambios en mi vida y tengo que aceptar que mi manera de cambiar es gradual. Aunque en esto no pueda identificarme con el volcán, porque no es mi naturaleza, quizá será por esta misma razón que tanto me atraen.

He avanzado bastante y la imagen del volcán permanece en el horizonte nada más que como un punto de partida para la imaginación y las ideas, y ya no me abruma. La tarde va cayendo cuando llego al término de aquel suave ascenso. La luz solar, menos potente y encerrada bajo el dosel de nubes, crea un ambiente de recogimiento. Puedo sentir el aire frío que se cuela entre mi espalda y la mochila.

Allí me detengo, pues en adelante el camino comienza a descender de manera empinada hasta caer sobre el río Chambo, que marca el límite natural del piedemonte del volcán.

Desde donde estoy, como asomado a un extraordinario balcón, tengo una visión completa de la montaña, desde su base hasta el cráter fumante. Su parte más baja está cubierta de vegetación, como la de cualquier otra colina de los alrededores; pero, más arriba, sus laderas se muestran estériles y grises, abrasadas por el calor, las cenizas y las piedras incandescentes que deben bajar por su flancos en los momentos de mayor agitación.

De acuerdo con mi pequeño mapa geológico, cada uno de los flancos del volcán está formado por rocas diferentes. Esto se debe a que el cráter está ligeramente desplazado del centro, de modo que cuando hay erupciones solo un costado recibe todo el material expulsado. Este flanco es, justamente, el lado que tengo al frente. Sus paredes están formadas por los grandes flujos de  lava arrojados en 1773 y 1886. El otro lado, invisible para mí e intocado por estas erupciones, está formado por restos de volcanes ya extinguidos. El mapa, que trae marcadas las zonas de peligro, muestra la parte antigua y pasiva pintada de color verde, y la activa, sobre la que recaen los estallidos modernos, en rojos feroces.

Al final de la tarde decido caminar lateralmente sobre el borde de la colina en busca de un lugar para levantar mi carpa. Por allí, las chacras están disgregadas en una amplia pradera de pasto verde esmeralda excelente para acampar. Me sucede entonces lo mismo que a los glotones, que se arrojan sobre todos los manjares que se le presentan y no saborean ninguno. Primero me decido por un lugar, luego por otro. Voy a ver el terreno y lo descarto por cualquier leve ondulación,  luego hago lo mismo con otro, distante apenas unos pasos. Ajeno a mi propia obsesión, sigo así por largo rato hasta que considero haber hallado un sitio bastante liso, quizá tan bueno como el primero. Son las sutilezas de viajar solo.

Dejo mis cosas sobre la grama y salgo a dar una vuelta para ver si hay alguien a quien deba pedir permiso. Justo detrás de una pequeña colina, una mujer trabaja en un sembrado de hortalizas.

Cruzo la floja alambrada que rodea el plantío y camino con cuidado por entre las eras hasta llegar a ella. Advierto que no es su postura encorvada la que le da esa redonda giba en su espalda, sino un niño que lleva a cuestas mientras hace sus labores. El manto que lo cubre es colorido y cae sobre la falda negra de la madre.

Le pregunto entonces si no es molestia que pase allí la noche, pero tal vez por mi distracción no sé si me ha dicho que sí o que no. Así que me acerco un poco más y le hablo más fuerte. Sin abandonar el trabajo, la mujer me da una respuesta que no comprendo en absoluto. ¿Habrá hablado en quechua? Trato de que me repita, pero no lo logro, permanece en silencio.

Avergonzado, vuelvo entonces al lugar elegido y comienzo a armar la carpa. He tomado aquel desconcierto como un “no hay problema”. Sin embargo, la indiferencia de la mujer me ha perturbado y la odio en silencio. Mientras tanto, una cortina de nubes comienza a descender sobre el volcán, tragando a su paso la columna de ceniza. Como si se tratara de un sol que se estuviera extinguiendo, tengo la sensación de que el aire se enfría aun más a mi alrededor.

Ya es justo, me digo, saciado.

No puedo evitar pensar una vez más en la mujer. Tal vez, me digo para tranquilizarme, el trato constante de algunas personas con ciertos asuntos de la naturaleza, especialmente aquellos de gran dimensión como lo es el volcán, deben cultivar en ellas un serenidad desdeñosa.

Mi carpa azul luce tensa y agraciada en medio del pasto corto y erguido de la colina. Dejo mi equipaje en el interior y camino unos pasos hasta el borde del filo. Me siento a ver morir la tarde. Con el volcán oculto tras las nubes es más fácil prestar atención al paisaje que se abre más abajo. Al fondo del cañón verdísimo pasa el río como un hilo plateado, mojando las raíces del Tungurahua. Los rayos de sol, moribundos y oblicuos, trasforman el paisaje a cada minuto. Mi cuerpo está quieto, pero lo que está fuera cambia sin cesar.

Me tomo una foto poniendo la cámara sobre una piedra, con el volcán al fondo. La miro una y otra vez. La expresión del “gigante dormido” para describir un volcán inactivo me parece de repente extraña, pues considera el movimiento como un estado permanente, y la quietud como una circunstancia. ¿Acaso, esa no es la verdadera naturaleza del hombre? El gran cambio del ser humano es haber trocado esos dos estados. Ahora hay que explicar por qué se viaja, no por qué se queda uno en un lugar. Quizá provenga de allí el placer que me da el desplazarme de un lugar a otro y sentir que estoy de paso.

En cuanto al volcán, este tal vez no represente la capacidad de trasformar lo que está a su alrededor, sino de trasformarse a sí mismo. También la Tierra aloja dentro de sí su propia capacidad de cambio. Pienso entonces en cómo los átomos, por radiactividad, se desgarran en el núcleo terrestre produciendo un calor permanente. Sin este calor la Tierra carecería de lo que para nosotros es precisamente la imagen de su vitalidad: el proceso de formación de las montañas se detendría, cesarían los terremotos, y los volcanes pasarían a ser chimeneas vacías y heladas.

Sobreviene la noche y con ella el frío. Preparo una sencilla cena en el fogón portátil y entro pronto en mi refugio. Estoy cansado, pero todavía es temprano y decido leer algunas páginas de un libro que he traído conmigo: Crónicas, de Luis Tejada. Y ocurre que, en el momento en que estoy leyendo un bello escrito sobre las armas, escucho una gran explosión. Me lanzo fuera de la carpa tan rápido como puedo y alcanzo a ver una fulgurante imagen de lo que parecen rocas incandescentes rodando por las laderas del volcán. Sus tonos inflamados son vagos y efímeros; más que destellar, vencen apenas a la oscuridad por unos segundos.

Como brasas que se van enfriando durante el recorrido, estas rocas dibujan por un instante el perfil de la montaña en medio de la noche.

El rojo fuego bajo la luz pálida de las estrellas, descorrida la niebla por entero… ¿Qué hace que se toque esta música para mí? Los estallidos, como truenos potentes salidos de debajo de la misma tierra, contrastan con la levedad de los tonos de la materia encendida. Estos últimos se mantienen invariablemente en las cercanías del rojo y del violeta, tocando el naranja por un instante al salir del volcán. El negro de la noche y su silencio se tragan todo unos segundos después, dejándome atónito y perdido en medio de la cordillera invisible.

Quizá la materia que veo salir fuera sea lava que se vuelve sólida al contacto con el aire, quizá rocas aun ardientes que terminan de enfriarse al dejar el volcán. Cualquier que sea el caso, se trata de una mezcla tumultuosa de líquido, gas y roca sólida proveniente de la más profundo de la cordillera. Cuando esta mezcla está todavía bajo tierra se le llama magma, y una vez sale a la superficie se conoce como lava. Al estar fundido, el magma se hace menos denso que la roca que lo contiene y lucha por salir a través de los volcanes. No tiene otra opción que intentar escapar. Lava es magma que ha logrado abandonar su largo confinamiento; lava es magma en libertad, una libertad que se ejerce por unos segundos apenas, antes de que se enfríe de nuevo al contacto con el aire y vuelva a ser roca sólida e inmutable.

La erupción del volcán es un aullido implacable e incontestable de la cordillera, y yo asisto a ese momento duro pero feliz, a esa liberación.

Vienen en adelante más erupciones. Cada estallido está acompañado de un penacho de materia inflamada que salta a la superficie. Sin embargo, por la diferencia en la velocidad de la luz y del sonido, el fulgor rojizo de la lava que radia a la lejos precede en unos instantes al estruendo. Gracias a esto el ojo y el oído no solo se sienten gratificados sino confundidos, y se entregan libres e insubordinados a esa experiencia abrumadora.

Quizá cada media hora sobreviene un nuevo grupo de explosiones, y fuentes de rocas encarnadas ruedan por las laderas hasta enfriarse y confundirse con los grises del valle abajo. Paso la noche cabeceando entra una y otra estampida, capaz de jurar, ingenuamente, que nadie más ha estado allí antes y que nunca, nadie, ha sido elegido para contemplar la noche perturbada puntualmente por aquel reloj de fuego.